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La lactancia es cosa de tres…

14 Abr

Había comenzado este post con un título, La lactancia es cosa de tres, y al final me he ido por las ramas, como siempre…
Y sí, mis lactancias han sido y son cosa de tres, nuestras.
Así que pese a lo que leeréis mas abajo, dejo el título. Aunque hable de muchas mas cosas.
Permitidme el capricho…

Desde que soy madre he defendido la lactancia materna como algo exclusivo de madre e hijo, exclusivamente nosotros podemos tomar decisiones al respecto, mi bebé y yo. 
Y sin embargo después de cinco años de lactancia interrumpida sólo 5 meses, puedo decir que la lactancia es cosa de tres.

De tres, porque papá desde el primer día acompañó, no hablo de apoyar o no, porque yo nunca he necesitado apoyo para las decisiones que he tomado con nuestras lactancias.
Nunca he necesitado apoyo pero sí un hombro y una mano a la que agarrarme.
Necesitaba que me acompañara sin juzgar, ni para bien ni para mal.
Alguien que no se inmiscuyera.
Y ahí estaba el, sigue estando. Ese que se conformaba con apenas unos ratos durante la ducha de Mamá para disfrutar del bebé.
Necesitaba que supiese que sería un mero espectador durante los primeros días, apenas un ayudante durante las primeras semanas, el responsable de hacer las comidas y limpiar mientras nos eternizábamos con nuestra teta. Y allí estuvo.
El que esperó pacientemente meses para darles de comer, el que cedió su espacio en la cama y cinco años después se conforma con una esquina.
El que regaló sus abrazos y sus besos y se resigna muchas veces con ser “el otro”.
El que se olvida de esas conversaciones importantes que dejamos a medias cuando nos interrumpen contándonos transcendentales historias, o se ponen a cantar y desconectan el mundo y nos hacen sentirnos únicos.

Ese que fue capaz de hacer dos horas de coche para buscar una pieza del sacaleches, el que se despertaba con el ruido del extractor cuando me sacaba de noche (El primero que tuvimos que sonaba como una carraca) y ponía un vaso de agua a mi lado, o se sentaba en otra silla de madrugada para que no estuviera sola.

El que aguantaba las horas de monotemática charla sobre los beneficios de la lactancia, y pacientemente aguantó que le leyera en voz alta todo lo que pasaba por mis manos.

Y no es uno de esos tipos que se hace fotos sonriente cambiando pañales, porque nuestros pañales huelen muy mal, la verdad, y no apetece hacer de modelo, pero ha cambiado muchos, tantos o mas que yo.
Y los que nos quedan!!

Y no presume de lo buen padre que es y de las excursiones que hace con sus hijos, pero los lleva al parque, aunque se aburra soberanamente. Y se conoce todos los de nuestra ciudad.
Y los lleva a hacer la compra y termina pareciendo un conductor de autobús con el carro del súper.
Ese que les da patatillas o galletas de chocolate antes de comer porque se vuelve niño junto a ellos, y se sienta en el sofá a comer pipas y pela para todos.
Ese que lee cuentos y se duerme con ellos en la cama. El que ha visto por enésima vez Jacobo Lobo o Matilda.
El que se sabe todas las canciones de las series de dibujos, y se emociona escuchándoles cantarlas en el coche…

No es uno de esos padres que se llenan la boca contando como ayudan en casa, porque el no ayuda.
Nunca lo ha hecho, porque nunca ha sentido que fuese un mero ayudante y considera la casa también suya.
Aunque sea un desastre con las lavadoras, y deje las toallas blancas de colores.
El dueño de la cocina, y de la escoba, aunque reniegue muchas veces.
Es ese que tras mi último parto y haber salido de casa dejándola como recién salida de una explosión nuclear, se quitó horas de sueño para que a la vuelta con el bebé estuviese perfecta.
Ese.

Y no sabe vestir a sus niños combinando colores, y a estas alturas sigue preguntando donde guardamos los pijamas, pero todos los días salen vestidos, y peinados, y con esas manos de gigante ningún minúsculo botón se resiste.
Ese que pone las camisetas y los vestidos del revés porque se lía y no mira las etiquetas.
Pero es el único que acompaña a su hija a elegir la ropa del armario y la hace feliz.

Y no es un padre de esos que van al cole y cuenta lo bien que juega su nene al fútbol, y que conoce a todos los niños de su clase…
Pero lleva a su princeso todos los días a la escuela, aunque muchas veces llegue tarde, y siempre con la merienda hecha y el baby puesto y un beso en la puerta.
Ese del que su hijo dice que le hace mejor la merienda para el cole que yo.
Ese que se emociona cuando su princeso dice que de mayor quiere ser como el…

Y es ese que los mete en la bañera e inunda el baño y deja todas las toallas tiradas, porque les hace cosquillas cuando los seca y les pone el pijama.
Y es ese que deja toda la cama llena de polvos de talco porque les deja jugar con el bote a ponerse perdidos.
Y es ese que aguanta estoico que salten sobre su espalda, y se deja peinar valientemente por su hija.
Y es ese que siempre lleva la camisa manchada de babas de bebe, y de papilla, y de chocolate…

Y es ese que ha renunciado a su proyección profesional para perseguir el sueño de conciliar, ese que lo abandonó todo durante meses para cambiar pañales y estar en casa.
Ese que me soporta, y me abraza y me acompaña, y me quiere.
Y ese al que miro y sabe lo que estoy pensando.
Ese que no recuerda se olvida conmigo de nuestro 16 aniversario…
Y me acompaña en mis locuras y las hace posibles desde hace 20 años.

Ese, el trinomio de nuestra lactancia, y el pilar de nuestra familia y de nuestra vida.
Ese.
Simplemente un padre maravilloso.

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Que nunca tengas que llorar por lo que no hiciste, ese es mi consejo de padre…

5 Sep

 

Que nunca tengas que llorar por lo que no hiciste, simplemente, ese es mi consejo de padre.

Que tus decisiones, tus actos, te hagan hoy feliz, y mañana, y dentro de 15 años.

Porque van a ser tus hijos, el resto de tu vida. 

 

Lo pensaron mucho, o tal vez poco, no lo se. Pero se prometieron como pareja que no cambiaría su vida. Habían decidido ser padres, pero sin renunciar a nada.

El embarazo llegó enseguida, cuando estaba replanteándose la situación. No importó. Se alegraron.

No fue un embarazo fácil, pero lo superaron. Llegó el gran día y nació su precioso hijo.

Nada fue fácil desde el principio. Su madre le hostigaba para no dar pecho, alegando que en su familia las mujeres no tenían leche. Su tía le insistía en que no le cogiese en brazos, que se malacostumbraría, su suegra no le dejaba respirar y cada palabra era una critica encubierta.
Se agobió. Las hormonas no ayudaron, en pleno puerperio. El volvió al trabajo a los cinco días.
Con 8 días le dejó por primera vez con su madre y se fue a la peluquería. Dos horas para si misma.

Con 15 días de nacido su hijo se fué de compras.
Le hacia falta espacio.
Necesitaba respirar.
Fueron 6 horas maravillosas.
Además se dió cuenta que la lactancia materna le suponía una soga, así que esa misma noche decidió que como ya había comenzado a darle biberones seguiría con una lactancia mixta que le liberase. Se destetó el solo meses después. Prefería los biberones.

Con dos meses y sintiendo que su matrimonio se apagaba se fueron de fin de semana. Solo fueron tres días, y el pequeño estaba tan bien con su abuela…
Y el matrimonio recuperó su chispa, y el espacio que les había robado su hijo.

Con tres meses empezó a darle vueltas a su retorno laboral.
Por un lado se sentía agobiada, una atadura invisible a su maternidad que no le hacía feliz.
Una familia que no paraba de juzgar y dirigir sus actos.
Sus amigas habían desaparecido, el niño no le llenaba, pero tampoco sentía fuerzas para reincorporarse al trabajo, su comadrona le hablo de depresión pos parto, pero hizo oídos sordos. Cómo explicarlo en su entorno? Quién entendería por qué no era feliz?
Hablaron de ello y decidió cogerse una excedencia. Se quedó en casa, a disfrutar de su maternidad, aunque nunca llegó a hacerlo.
El empezó a hacer algunas horas extras para que no se notase la nueva situación económica.

Con cinco meses decidió llevarle a la guardería. Le vendría bien sociabilizarse con otros niños y a ella relajarse y tener mas espacio.
Una semana mas tarde se le hacían eternas esas mañanas.

A los siete meses decidió volver al trabajo, total, solo eran dos horas mas de guardería…

Y volvió a su vida laboral, y al poco también a su vida social, a salir los jueves de compras con las compañeras. Su madre recogía al pequeño de la guardería.

Todo el mundo le decía lo bien que estaba, que guapa y moderna le veían. Ella seguía vacía por dentro… Hizo caso a la matrona y visito a su médico, le recomendó ansiolíticos y un antidepresivo, que nunca tomó.

Cuando cumplió el año decidió apuntarse al gimnasio de nuevo, tres noches por semana después del trabajo y de la caña con las compañeras marchaba directa, sudaba y se mataba sobre los aparatos.
Y así pasó el tiempo.
Su marido seguía lejos, se reencontraban los fines de semana.
Sus padres habían cogido la rutina de llevarse al pequeño los viernes de la guardería, y no le volvían a ver hasta el lunes al terminar la jornada laboral y recogerle.
Volvieron a ser la pareja de siempre, moderna y estilosa. Con sus cenas, teatros y salidas.

Llegó el colegio, a punto de cumplir los tres años. Querían que tuviese oportunidades, así que le apuntaron a inglés, y a pádel, y a básquet, y a música, y los viernes los abuelos lo recogían para pasar el fin de semana con ellos.

Eran felices.

Ella con su gimnasio, sus compras y sus amigas, el con sus hobbies y su trabajo
Vacaciones sin niño de ensueño.

Un mensaje en su móvil leído casi por encima mientras el se duchaba. La sospecha. Había otra.

Confirmación. Una discusión. Una ruptura. Una maleta y de la mano de su hijo verse volviendo a casa de sus padres.
Compartir cama con ese pequeño ser, casi extraño.
Un vínculo envidiado durante el desayuno de abuela y nieto. Una lágrima furtiva.

Reharás tu vida, eres joven. (Pero el nunca mas volverá a ser un bebé, no será mi bebe, no volverá a ser un niño, no será mi niño).

Y como en un film a cámara lenta les vió, su ex-marido, su madre, su suegra, su tía, su vecina, sus amigas, sus compañeras… Diciéndole como había de sentir, como debía actuar, como llevar su maternidad.
Ella nunca dejó de quererle, sólo pensar en el se le cortaba la respiración, su hijo, era su vida, pero su vida le había dicho como llevar su maternidad.
Una maternidad de película, una madre perfecta y preciosa, un hijo maravilloso de cuento, un matrimonio de revista de moda… Triunfadores.

Esta no es una historia cualquiera.
No es la historia de una mala madre. Es la historia de una mujer que no escuchó su corazón, ni su instinto.
Y un día ambos volvieron para  dejarle claro todo lo que había perdido…

 

Este relato no es una crítica, no es un consejo de como criar, es una sola exhortación, la maternidad es instinto y sentimiento, no permitas que nadie te coarte, que nadie se entrometa, tus errores y aciertos serán simplemente tuyos.
Si decides dar el pecho o el biberón que sea porque te apetezca, si decides dormir con el o comprar una preciosa cuna, si quieres llevarle a una guardería o cuidarle tu, hagas lo que hagas que nunca te quede la duda de y si…?

No es una historia real, es la realidad de muchas historias, pequeños fragmentos aunados para darle énfasis.
Es algo a lo que llevo dándole vueltas desde una conversación con un compañero, padre de tres hijos, todos adultos, a sus sesenta años, contaba como se arrepentía de lo que no había hecho con sus hijos, como el entorno y una sociedad ochentera les abocó a criar según los cánones del momento.
A no cogerlos, a dejarlos llorar, a que se durmieran solos, a que durmieran toda la noche aunque para ello tuviesen muchas noches en vela escuchando sus llantos.
Es un gran hombre, e intuyo que un gran padre, habla con admiración y respeto de sus hijos.
Hizo todo cuanto debía, todo cuanto le dijeron que debía hacer.
Y hoy se arrepiente
Y recuerda con dolor una anécdota que durante años comentaron entre risas en casa, cómo su hijo mayor, con apenas dos años pasó dos horas frente a la puerta de la habitación de sus padres llorando, mientras ellos le decían que no podía entrar, que era mayor y debía dormir solo en su cuarto.
Se durmió, en el pasillo y le llevaron a su cama.
Al día siguiente vieron que no quería dormir con ellos, solo avisarles de que tenía caca. Entonces se rieron de la agudeza del pequeño y de su estupidez como padres.
-Hoy aún me duele ver sus ampollas, aún me duelen sus lágrimas. Aún escucho sus llantos en la puerta. Y mi corazon se descongela, y se seca, y quiere cogerle y abrazarle y darle todos los besos que el entorno me incitó a robarle. Cambiaria tantas cosas…

Qué nunca tengas que llorar por lo que no hiciste, simplemente, ese es mi consejo de padre.


Qué tus decisiones, tus actos, te hagan hoy feliz, y mañana, y dentro de 15 años.


Porque van a ser tus hijos, el resto de tu vida. 

Lo que nunca dijimos…

19 Jun

Para A….
Sostente sosteniéndole…
Las lágrimas que no dejamos libres se hacen río y nos ahogan…

Lo que nunca dijimos, aunque sabía que te perdería.
Porque la muerte llega y el duelo de alguien a quien se llega a amar tanto es inconmensurable

Aunque te veía apagarte poco a poco, nunca me senté a tu lado, para cogerte de la mano y decirte lo mucho que te quería.
Te sentía partir, te perdía y mientras nos alejábamos el uno del otro por el camino del miedo de decir adiós en voz alta.
Nunca te dije adiós, pese a saber de tu viaje con antelación…. temía.
Temía que ponerle voz a la despedida la hiciese mas rápida y no quise
Temía que mostrarme frágil y expuesta te hiciese sufrir.
Temía que llorarte en vida fuese rendirme… temía.
Temía perderte y sin embargo te perdí.
Adiós Papá

Es ley de vida, aunque tan pronto sea tan duro, quedarte huérfano, perder al precursor de tu historia, aprender a caminar solo…

Lo que nunca dijimos en voz alta, lo que nunca decimos…

Mi camino siguió y tuve un hijo, y durante un tiempo temí perderle, durante un tiempo tuve la incongruente clarividencia de que le perdería, y aprendí…
Mientras veía como enfermabas me sentaba a tu lado, te cogía de la mano y te decía que te quería
Te sentía a veces partir, pero no te perdía, porque caminábamos juntos por nuestro camino, al paso, a la espera del siguiente puente, de la siguiente prueba…
Te decía adiós todos los días, y sin embargo todos los días tenía esperanza al verte de nuevo, todos los amaneceres eran un regalo, el milagro de mantenerte a mi lado
Temía. Y frágil y expuesta masticaba mi zozobra y mi dolor enmudecida, mientras te sonreía
Temía y te lloraba en silencio para que no sufrieras, porque sabía que mis lágrimas no eran de rendición sino de lucha
Durante mucho tiempo temí perderte, y ahora estas a mi lado. Y todos los días doy gracias por ello y sonrío al verte feliz, sano… porque nada mas necesitamos para sentirnos plenos.

Lo que nunca dijimos pero debimos decir, el adiós es despiadado, pero necesario para continuar, para superar la rabia, para aprender, para madurar…. Porque mientras hay vida, hay esperanza, y construimos vereda, que será la impronta que nos deje su paso, porque tras su marcha seguirá siendo parte de nuestra historia, formará recuerdo, y con el tiempo, su memoria será la sonrisa que te abrigará el corazón.

adios