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Veneno en el alma.

10 Abr

Hace dos años que le doy vueltas a esta entrada, masticándola, rumiando despacio, intentando sin ser capaz de entender.
Hace unos días fue tema de conversación, violencia de genero, violencia, maldad, inentendible…
Es una historia inventada y probablemente no apta para todas las sensibilidades, pero desgraciadamente no es ficción en sí, demasiados casos, demasiadas historias en los telediarios, que se terminan olvidando y repitiendo…

En el telediario los vecinos dijeron que era un tipo raro, solitario. Que siempre pensaron que escondía algo.
Mienten.
Uno de sus amigos también salió hablando, contando un incidente de hace unos años, aunque él no lo recuerda. Pero reconoce que le queda bien la tele. Seguramente en unos días tenga sus cinco minutos de gloria, halando mal de el en algún programa. Siempre fue un tipo listo.
No, no le culpa, aunque escuece, dos días antes tomaban juntos un café… Aunque ahora reniegue de su amistad.
Escuece, no duele, esta insensibilizado, en una bruma extraña. Sabe lo que ha hecho, pero no quiere admitir culpa alguna.
La culpa es de ella, por dejarle, y dañarle y ofenderle. La culpa es del resto, por permitirlo.
El sólo se ha defendido con la única arma que le quedaba.
Y ahora inventan, se esconden tras mentiras para no admitir que jamás sospecharon nada, que jamás le conocieron realmente.

Se conocieron en el instituto, ella era la chica con la sonrisa mas bonita, durante meses el fue invisible, se conformaba con mirarla en la distancia, comérsela con los ojos, y esquivar sus miradas.
No era amor, era deseo, deseo de lo que no se puede poseer, esa necesidad de admirar lo que se envidia.
Y sin embargo un día no pudo esquivar su mirada y ella franca y pizpireta como fue siempre le habló.
Quedaron un par de veces, se hicieron amigos.
No aspiraba a mas, no se sentía merecedor de mas, y en sus oscuras noches odiaba a los otros, a sus amigos, a ese noviete, a su hermana, a sus profesores…
A todo aquel que estuviese en su entorno, a todo aquel que le robara un segundo de presencia.
Y soñaba. Soñaba que el mundo se terminaba y quedaban solos, y la única historia de amor posible comenzaba.
Y soñaba que la secuestraba y la mantenía apresada para siempre…
Suya. Sin que otros ojos pudiesen verla, sin que nadie mas pudiese respirar su aire.
A veces el mundo se para, y se equivoca al volver a ponerse en marcha.
El noviete, intempestivamente rompió su corazón, y su hombro andaba cerca, fue paño de lágrimas, y amigo, y confidente, y en una de esas tardes de lamentos y consuelo adentró en su corazón mediante un beso.
Y siguió con el emprendimiento y rectitud que hacía todo, alma militar, como un trabajo tomado muy en serio, ocupando todos los espacios de su vida, volviéndose presente e indispensable.
Los comienzos fueron bonitos. Jamás osó discutirle, jamás dejo ver la parte menos brillante de su alma, esa parte enferma, que seguía soñando con poseer, con atar, con dañar.
Y terminaron el instituto y como un lazarillo eligió tras sus pasos carrera, y tras sus pasos anduvo y acompañando marcaba territorio al resto del mundo.
La familia de el veía con buenos ojos su relación, la de ella también desde el principio: Ese chico tan atento, y detallista, el que la traía siempre a casa antes de la hora, el que la cuidaba, el que siempre dispuesto con su mejor sonrisa agasajaba a sus padres.
A ella le faltaba algo, le faltaba una parte para entenderle, pero las escasas veces que se planteó dejarle se le dibujó tan necesitado y desprotegido que sintió pena y miedo, y con la comodidad de lo conocido fue olvidando aquellos sueños pasionales adolescentes y se conformó con la facilidad de su relación.
Se acostumbró al vacío.
Se casaron, después de planear durante meses y compraron un pisito en el centro, alejados de ambas familias, donde construir su nido propio.
Y ahí comenzó la pesadilla.
Su nido nació con normas no escritas, malas caras a los compañeros de trabajo de ella, rostros serios a las visitas de amigos de toda la vida, planes improvisados para no estar en casa ante las visitas familiares…
Ella se ahogaba pero el le recordaba que no tenia motivos, que solamente era su mente que inventaba extraños pesares en su feliz vida…
Y empezó a sentirse pequeña, y sola. Muy sola.
Le dejó. Una tarde. Y mientras descargaba su enfado consigo misma y pensaba que tal vez era realmente culpa suya sentirse atada sonó el teléfono:
Sin ti nada merece la pena.
El sentimiento de culpabilidad en la sala de espera del hospital
Un intento de suicidio.
La familia y sus miradas acusadoras.
Y la sensación de sentirse responsable y atada a su vida. La creencia de eso no puede ser amor…
Y pese a todo, calma, vuelta a la normalidad y un embarazo extraño, que no trajo mas que intranquilidad a ella, seguridad a él.
El ultimo nudo, el mas potente.

Un embarazo lleno de miedos. Alimentados por el.
Haciéndole creer que cada paso en el camino era una carrera, que cada movimiento un riesgo.

La maternidad.
El nacimiento de la única persona que hizo que conociese el amor.
Que olvidase los miedos y la intranquilidad.
El único ser que llenaría para siempre todos los huecos de su vida, que la haría grande, importante.
Que daría sol y luz a su existencia.

La paternidad. El germen del peor de los odios, del peor de los celos.
El alimento del miedo mas oscuro y la intranquilidad permanente.
Oscuridad y nocturnidad a su vida.

A ella le devolvió la sonrisa, la belleza, y ese brillo perdido en los ojos.
A el le molestaba su llanto, y su sueño, y su hambre. Ver como alimentaba al pecho a ese pequeño ser le reconcomía por dentro y sentía un robo injusto a su persona.
Ella era suya.
Suya por siempre, nadie podía tocarla, ni amarla, ni besarla mas que el.
Nadie merecía sus besos, ni sus caricias, ni su tiempo.
Odio, resquemor, miedo y dolor.

Se fue alejando, su nuevo instinto le advertía del peligro.
Miraba a su cría y sentía la sombra del depredador cerca.
Su naturaleza, su intuición, todo le instaba a gritar, gritar y salir corriendo lejos de el.
Y se marchó.
Nadie apoyó su decisión, abandonar al hombre de su vida, tan bueno, tan atento.
Y con un bebe de apenas 6 meses.
Pese a todo, pese a todos, había tomado la decisión más importante de su vida, aunque no tenía palabras para explicar su miedo, aunque ningún juez entendió que no quisiese que viera a su hijo.
Aunque cada vez que debía dejárselo o le presentía cerca el corazón se le parase y su razón gritase que corriera.
El, tan buen padre, que todos los viernes venía a ver a su hijo, ella, esa insensata que había roto su familia…
Y así pasaron dos años.
Dos años de tiras y aflojas, de discusiones. De limitar la cercanía y el espacio entre ellos, con el único nexo que les quedaba, su hijo.
Y pese a todo se aprende a vivir con normalidad.
Se aprende a sobrevivir, y a seguir camino.
Y ella se enamoró de nuevo.
Y a el se le cerró la última puerta a la esperanza, la de volver a poseerla.
Y el miedo a la perdida irremisible le cegó.
Y se dio cuenta de que nunca se haría realidad aquel antiguo sueño, el de encerrarla para siempre, como una gema preciosa, escondida a los ojos del mundo.
Y la odió, y a el, por amarla.
Y la odió y a su hijo por ser una parte robada de ella, y su odio se fue volviendo brea e inundó su alma.
Llenándola de ese veneno que siempre mantuvo escondido.
Ensuciando los pocos atisbos de esperanza y verdor que pudiese albergar en si mismo.
Y pensó en matarla, y pasaba los días planificando oscuras torturas para castigar su desprecio.
Lo planeó diez veces, cien, mil… Y con los ojos cerrados sintió con sus manos como su vida se escurría.
Pero su muerte no le llenaba, y seguía planeando una y otra vez como dañarla, hacerla sufrir.
Y llegó el viernes y recogió al hijo de ambos y entonces lo vio, se dio cuenta, se había consumido en el odio, y los celos no le habían dejado ver la mayor verdad.
Su vida le pertenecía, ella era suya, lo seria por siempre, porque le robaría su alma.
Su hijo…
Y supo entonces que ninguna otra acción le haría mas daño.
Ninguna tortura sería comparable a ese dolor…

No le miró a los ojos.
No escucho su última palabra.
Ni tan siquiera se paró al sentir su último aliento.
No le sentía valioso, ni propio, sólo fue la herramienta para llegar y romper su corazón.
La venganza perfecta.
Ya nunca serás de nadie…
No tenia ojos, ni oídos, tan solo odio.

Yacía inmóvil, perfecto y frío sobre la cama cuando la policía llamo a la puerta.
Dos años de vida, perdidos, sin valor para el, extremadamente valiosos para ella.
Y abrió tranquilamente, el rostro sereno.
-Su ex-mujer ha denunciado la desaparición de su hijo, le tenía que haber entregado hace dos días.
-Está aquí. Por qué no ha venido ella?
-Dónde está? Por qué no cogía el teléfono?
-Estaba ocupado.
-Dónde esta su hijo?
En la cama, muerto.

Y ahora desde su celda ve a un policía desconocido en la tele, y a un forense muy famoso que intenta explicar y entender por qué lo hizo.
No se arrepiente.
No siente la perdida de su hijo, no era su hijo, solo un arma contra ella, la mas potente, la mas dañina.
La única que podía matarla en vida.
La única que mantendrá por siempre su vida en la oscuridad.
Que hablen todos ahora, que intenten decir que lo imaginaban, que hablen de maltrato psicológico, que la acompañen al funeral.
Ella será siempre mía, porque soy yo quien ha matado su alma, quien la posee y la mantiene encerrada, apresada en el peor de los infiernos.

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Criar a golpes…

20 Feb

Para D, para I, para N, para M A, para T. Amigas, compañeras, confidentes.
Porque la vida os ha siga compensando con toda la felicidad que merecéis.
Porque ellas no creyeron en vosotras pero el mundo si.

Helena fue criada a hostias.
Crudo verdad? Pero real. No hay adornos.
No pertenecía a una familia en situación desesperada, ni con una baja formación, simplemente en su casa los golpes eran el pan nuestro de cada día. Se crió a hostias, y a hostias creció, sabiéndose diferente, sabiendo que no asumiría el papel de su madre cuando creciera.
Aprendió de su imperfecta humanidad de la forma mas simple, no queriendo ser como ella.
Se juró con apenas ocho años que jamás consentiría en sus hijos lo infligido en ella, lo juró sobre su cuerpo herido y amoratado, lo juró sobre las marcas de los puños en su piel.
Lo ha cumplido, se afana cada día por hacerlo. Se esfuerza para dar a sus hijas el amor inmenso que merecen, con ahínco acalla al monstruo heredado que habita su alma y que estalla incontrolable sin previo aviso.
Se castiga enmudeciendo su tristeza para no parecerse a ella. Para no dejar la impronta de su historia familiar marcada en la biografía de sus hijas.
Se empeña en darles una infancia, la que nunca tuvo.
Su infancia robada.

Una infancia llena de miedos, gritos, insultos, golpes, humillaciones.
Donde con una mirada se podía saber si la tormenta era inminente.
No hacían falta motivos, el motivo era simplemente ella. Una niña nacida y no deseada en un hogar roto por el alcohol y la desdicha.
Crecer sabiéndose distinto, sabiéndose sucio, grotesco, tonto. Sabiendo que no sería nada, que no valía nada, porque creía cada dolorosa palabra dicha por su madre, adjetivos brutales hacia un niño, crecer entre palabras que apuñalan.
Comer entre golpes y a fuerza de amenazas, con miedo y dolor, aún hoy es incapaz de no terminar un plato, la sombra de su infancia le persigue.

Las marcas aún perduran en Helena.
Algunas son muy evidentes, cicatrices que se disfrazan de marcas infantiles, con historias inventadas y a fuerza de repetir creídas.
Impresiones en la piel con dobles historias, porque explicar en voz alta las señales infringidas es humillante y doloroso.
Las victimas son doblemente dañadas, cuando sangran, y cuando la sociedad acalla un tema tabú, una historia avergonzante con la que vivir a escondidas.
Las otras heridas, las que más duelen, las que aterran, las que a diario se esconden en los rincones para recordarle su mísera realidad perduran sangrantes. Esas que rompen el alma cuando se gritan.
Esas no se curan, no se cierran, le producen apatía, tristeza, inseguridad y timidez. Alimentan su ira y proyectan sus sucios dientes a menudo sobre su existencia. Esas a las que amordazar con el yo interno para superarlas y no dejar que se hinquen sobre su descendencia. Si el ser que biológicamente debiera quererte y protegerte dedica su vida a matarte a diario, como creer en el resto de la humanidad?

Crecer a golpes por hablar, por caminar, por jugar, por mirar.
En silencio y con la mirada al suelo, rezar para que acabe la hora, esa aciaga en la que estar en el punto de mira.
Vivir en mitad de una tierra adicta a los terremotos, donde una mañana puede ser motivo de disputa, una comida, una tarde, después del cole, una noche antes de acostarse…
No hay reglas, el odio habita en cada rincón de la casa y cualquier momento es idóneo para la guerra sin cuartel.
Porque eso fue su infancia, una guerra, a la que sobrevivir batalla tras batalla, día tras día. Cenizas sobre las que emerger una adolescencia, difícil y traumática.
Tierra quemada en la que enterrar recuerdos y momentos, palabras y golpes.

Criados a hostias, entre violencia e indignidad.
Flores hermosas pero venenosas, que en el cenit de su vida vivirán con miedo para no ser como ellos. Para no emponzoñar con su veneno a lo mas hermoso de su existencia.
Vivir con temor de repetir su historia.

Tras una reprimenda o unos golpes, siempre surgía esa frase hipócrita , falsa y sucia, lo he hecho porque te quiero.
En nombre del amor se lavaba las manos o se escondía tras ese corrupto refrán, “Quien bien te quiere, te hará llorar”, el engaño sin sutilezas probablemente inventado por algún inhumano progenitor.

El amor no se esconde tras bofetadas ni insultos, el amor no es refugio de golpes ni de reprimendas sangrientas, ni en magulladuras, no se haya en las lagrimas, ni en los morados.
El amor no habita en los puños.

Maternidades violentas: tener un hijo al que matar un poco, día tras día, durante el resto de su vida. Porque una infancia desgraciada, no tiene cura. Lo único que podrás durante el resto de tu vida, es mantenerte a flote, borrar en tu mar lo inadmisible y convertirlo en lagunas lejanas, olvidar.
Olvidar como si la mente fuese una gigantesca e imperdonable goma de borrar.
Nunca despertarás en una mañana en la que creas en ti mismo, porque ellos nunca creyeron.
Jamás superarás el temor de despertar siendo otra vez un niño, y ver el rencor en sus ojos, el miedo a su injusta ley, y su mas injusto castigo.
Como una madre no puede amar al trozo de si misma que regala al mundo?

En nombre del amor…, solo mentiras de un amor guerrero y disonante. El amor jamás va unido a la rabia y al dolor. El amor a un niño ha de ser algo puro y limpio.

Todos los que amen violentamente expiarán sus culpas en la desdicha del desprecio de sus hijos. En el desamor.

Criar a hostias…

27 Mar

Para D, para I, para N, para M A, para T. Amigas, compañeras, confidentes.
Porque la vida os ha siga compensando con toda la felicidad que merecéis.
Porque ellas no creyeron en vosotras pero el mundo si.

Helena fue criada a hostias.
Crudo verdad? Pero real. No hay adornos.
No pertenecía a una familia en situación desesperada, ni con una baja formación, simplemente en su casa los golpes eran el pan nuestro de cada día. Se crió a hostias, y a hostias creció, sabiéndose diferente, sabiendo que no asumiría el papel de su madre cuando creciera.
Aprendió de su imperfecta humanidad de la forma mas simple, no queriendo ser como ella.
Se juró con apenas ocho años que jamás consentiría en sus hijos lo infligido en ella, lo juró sobre su cuerpo herido y amoratado, lo juró sobre las marcas de los puños en su piel.
Lo ha cumplido, se afana cada día por hacerlo. Se esfuerza para dar a sus hijas el amor inmenso que merecen, con ahínco acalla al monstruo heredado que habita su alma y que estalla incontrolable sin previo aviso.
Se castiga enmudeciendo su tristeza para no parecerse a ella. Para no dejar la impronta de su historia familiar marcada en la biografía de sus hijas.
Se empeña en darles una infancia, la que nunca tuvo.
Su infancia robada.

Una infancia llena de miedos, gritos, insultos, golpes, humillaciones.
Donde con una mirada se podía saber si la tormenta era inminente. No hacían falta motivos, el motivo era simplemente ella. Una niña nacida y no deseada en un hogar roto por el alcohol y la desdicha.
Crecer sabiéndose distinto, sabiéndose sucio, grotesco, tonto. Sabiendo que no sería nada, que no valía nada, porque creía cada dolorosa palabra dicha por su madre, adjetivos brutales hacia un niño, crecer entre palabras que apuñalan.
Comer entre golpes y a fuerza de amenazas, con miedo y dolor, aún hoy es incapaz de no terminar un plato, la sombra de su infancia le persigue.

Las marcas aún perduran en Helena.
Algunas son muy evidentes, cicatrices que se disfrazan de marcas infantiles, con historias inventadas y a fuerza de repetir creídas.
Impresiones en la piel con dobles historias, porque explicar en voz alta las señales infringidas es humillante y doloroso.
Las victimas son doblemente dañadas, cuando sangran, y cuando la sociedad acalla un tema tabú, una historia avergonzante con la que vivir a escondidas.
Las otras heridas, las que más duelen, las que aterran, las que a diario se esconden en los rincones para recordarle su mísera realidad perduran sangrantes. Esas que rompen el alma cuando se gritan.
Esas no se curan, no se cierran, le producen apatía, tristeza, inseguridad y timidez. Alimentan su ira y proyectan sus sucios dientes a menudo sobre su existencia. Esas a las que amordazar con el yo interno para superarlas y no dejar que se hinquen sobre su descendencia. Si el ser que biológicamente debiera quererte y protegerte dedica su vida a matarte a diario, como creer en el resto de la humanidad?

Crecer a golpes por hablar, por caminar, por jugar, por mirar.
En silencio y con la mirada al suelo, rezar para que acabe la hora, esa aciaga en la que estar en el punto de mira.
Vivir en mitad de una tierra adicta a los terremotos, donde una mañana puede ser motivo de disputa, una comida, una tarde, después del cole, una noche antes de acostarse…
No hay reglas, el odio habita en cada rincón de la casa y cualquier momento es idóneo para la guerra sin cuartel.
Porque eso fue su infancia, una guerra, a la que sobrevivir batalla tras batalla, día tras día. Cenizas sobre las que emerger una adolescencia, difícil y traumática.
Tierra quemada en la que enterrar recuerdos y momentos, palabras y golpes.

Criados a hostias, entre violencia e indignidad.
Flores hermosas pero venenosas, que en el cenit de su vida vivirán con miedo para no ser como ellos. Para no emponzoñar con su veneno a lo mas hermoso de su existencia.
Vivir con temor de repetir su historia.

Tras una reprimenda o unos golpes, siempre surgía esa frase hipócrita , falsa y sucia, lo he hecho porque te quiero.
En nombre del amor se lavaba las manos o se escondía tras ese corrupto refrán, “Quien bien te quiere, te hará llorar”, el engaño sin sutilezas probablemente inventado por algún inhumano progenitor.

El amor no se esconde tras bofetadas ni insultos, el amor no es refugio de golpes ni de reprimendas sangrientas, ni en magulladuras, no se haya en las lagrimas, ni en los morados.
El amor no habita en los puños.

Maternidades violentas: tener un hijo al que matar un poco, día tras día, durante el resto de su vida. Porque una infancia desgraciada, no tiene cura. Lo único que podrás durante el resto de tu vida, es mantenerte a flote, borrar en tu mar lo inadmisible y convertirlo en lagunas lejanas, olvidar.
Olvidar como si la mente fuese una gigantesca e imperdonable goma de borrar.
Nunca despertarás en una mañana en la que creas en ti mismo, porque ellos nunca creyeron.
Jamás superarás el temor de despertar siendo otra vez un niño, y ver el rencor en sus ojos, el miedo a su injusta ley, y su mas injusto castigo.
Como una madre no puede amar al trozo de si misma que regala al mundo?

En nombre del amor…, solo mentiras de un amor guerrero y disonante. El amor jamás va unido a la rabia y al dolor. El amor a un niño ha de ser algo puro y limpio.

Todos los que amen violentamente expiarán sus culpas en la desdicha del desprecio de sus hijos. En el desamor.